WALDEN, LA VIDA EN LOS BOSQUES

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Estaba dotado de un sentido riguroso de la probidad. Era muy
exigente consigo mismo en lo tocante a su propia independencia de
criterio, y consideraba que todos los demás seres humanos debían
cumplir en igual medida con esa obligación. No tuvo una profesión
fija, aunque practicó varias; se rehusaba a renunciar a su gran
ambición de conocimiento y de acción a cambio de un oficio estrecho
o limitado; su vocación era mucho más amplia: pretendía ejercer el
arte de saber vivir. “Fui a los bosques porque quería vivir
deliberadamente —escribe—, enfrentar sólo los hechos esenciales de
la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea
que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido.”
No se casó, vivió solo, nunca fue a la iglesia, no votó, se negó a
pagarle al Estado un tributo que a su juicio era injusto, por más que le
costara la cárcel. Aunque era un naturalista, jamás recurrió a las armas
ni a las trampas del cazador.
La buena ropa, los modales gentiles, la decoración de la casa, las
charlas intelectuales y galantes de los salones, no le incumbían; creía
que todas esas sofisticaciones eran obstáculos para una buena, humana
conversación; le gustaba hablar con los indios, que en materia de
Naturaleza eran los únicos que podían tratar con él de igual a igual.
Tenía una aversión rayana con el desdén por los gustos, maneras y
aficiones europeos, y en especial por los ingleses. Era auténticamente
un habitante del Nuevo Mundo, al que creía superior. Por eso dijo
Ralph Waldo Emerson: “No existió ningún norteamericano más
auténtico que Thoreau”.
Los hombres se imitaban unos a otros, estaban hechos sobre la
base de un molde minúsculo. ¿Por qué no podía cada uno apartarse lo
suficiente de la sociedad hasta ser un individuo realmente autónomo?
“Si un hombre no marcha a igual paso que sus compañeros, puede que
eso se deba a que escucha un tambor diferente. Que camine al ritmo de
la música que oye, aunque sea lenta y remota.” Pero no trató de vivir
fuera del mundo, sino de toda atadura inconveniente del mundo.
Quizás haya sido ese hombre raro y envidiable que ha logrado ser
completa y absolutamente él mismo.
Prefería ser rico por frugalidad, por escasez de apetencias: “La
riqueza de un hombre se mide por la cantidad de cosas de las que
puede privarse”. Y quiso abastecerse a sí mismo. En sus viajes, sólo
iba por la carretera principal para sortear un territorio que no le
interesaba recorrer en esos momentos; evitaba escrupulosamente las
tabernas y prefería caminar decenas de kilómetros a subirse a algún
carruaje; le gustaba alojarse en las casas de los granjeros y los
pescadores, que eran más baratas y rústicas pero también más afines a
él, pues allí encontraba los hombres con quienes simpatizaba y los
datos que él buscaba sobre el entorno natural.
Quería ahorrar “tiempo”: tiempo para leer, tiempo para los
lenguajes no escritos (los ruidos del campo y del bosque), tiempo para
caminar solo, tiempo para la amistosa conversación, tiempo para
conocer el cosmos. “Jamás ningún hombre ha valorado tanto el ocio
como Thoreau”, afirma el crítico Oscar Cargill.
Lo impacientaban las limitaciones de nuestro trillado
pensamiento consuetudinario y tenía un instinto polémico y
beligerante. De un vistazo comprendía la esencia de cualquier asunto
que se tratase y veía las deficiencias e indigencias intelectuales de sus
interlocutores; nada parecía ocultarse a su mirada penetrante. Esta
condición de su carácter lo volvía poco sociable y lo privó de tener
muchos amigos; pero quienes aceptaban sus intransigentes desplantes
tenían en él al compañero más puro, el amigo más honesto, ajeno a
toda hipocresía. Era la sinceridad misma. La convicción con que los
profetas defendían las normas éticas se habría robustecido al ver a un
ejemplar humano de vida tan santa. Ermitaño y estoico, estaba empero
hambriento de cordialidad humana y se entregaba apasionado a
entretener a los jóvenes con interminables anécdotas sobre sus viajes
por tierras y ríos poco explorados.
Fue, en forma innata, el vocero y el actor de la verdad en todos
los terrenos, sin que le importara, cuando correspondía declararla, la
oposición de los demás. Tampoco le importaba hacer el ridículo, como
de hecho ocurría con los que lo enfrentaban en cuestiones en las que él
tenía un parecer discrepante, que a la larga demostraba ser el correcto.
“En cada página de Walden —dice su biógrafo Henry Seidel Canby—
se percibe la presencia inconfundible de una personalidad, de un
hombre semejante a una roca por la solidez granítica de sus principios,
a un roble por su reciedumbre inconmovible, a una flor silvestre por su
sensibilidad y a un halcón por los vuelos de su imaginación.”
Quienes lo conocieron admiraron la maravillosa armonía
existente entre su mente y su cuerpo. Sabía encontrar su camino en la
oscuridad nocturna del bosque, guiándose más por los pies que por los
ojos. Sabía calcular con precisión de comerciante, con sólo verlo, el
tamaño de un árbol, el peso de un ternero o el de un cerdo. De una caja
en la que había decenas de lápices podía tomar sin mirar y sin
equivocarse, rápidamente, una docena por vez. Era buen corredor,
nadador, patinador, botero, y probablemente muy pocos de sus
conciudadanos podían caminar más que él, y con más provecho,
durante una jornada a campo traviesa. “Caminar con él era un placer y
un privilegio”, dijo Emerson.
Su poder de observación era tal que parecía insinuar la existencia
de sentidos parapsíquicos. Veía como si a través de un microscopio,
oía como si a través de altoparlantes, y su memoria era el registro
fotográfico de todo lo que había visto y oído. Pero a la vez sabía mejor
que nadie que no es el hecho lo que importa, el dato empírico, sino la
impresión o el efecto que ejerce ese hecho en la mente. Y todos los
hechos naturales le interesaban por igual. Su profunda percepción
intuía las semejanzas existentes en la Naturaleza, que vistas por el
científico dan origen a sus leyes. “No conozco otro genio que tan
rápidamente sepa inferir una ley universal de un hecho único”, agregó
Emerson. En nada se parecía a algunos pedantes eruditos de los
departamentos académicos. Su ojo estaba abierto a la belleza, su oído
a la música, y su mente acogía todos los hechos como acontecimientos
gloriosos que mostraban el orden musical y la plástica belleza de la
Totalidad. Su espíritu agudamente sensible se había rendido a la
Naturaleza, de dos maneras: a las múltiples impresiones que su belleza
causa en los sentidos y a las conjeturas trascendentes que la comunión
con ella sugiere. Esta convivencia religiosa con el mundo natural fue
lo que más lo aproximó a Emerson y lo que lo convierte en un
antecesor y un par de Whitman.
La otra herramienta con la que conquistaba los obstáculos del
mundo natural era la paciencia. Sabía sentarse inmóvil por horas,
como parte de la roca a la que estaba subido, para esperar el regreso
del ave, el reptil, el pez al que su presencia había espantado
temporariamente; y cuando ellos volvían, no sólo reanudaban sin
suspicacias sus hábitos corrientes sino que, movidos por la curiosidad,
se acercaban a observarlo a él, fijo en su contemplación extática. Las
víboras se le enroscaban en la pierna, los peces saltaban a sus manos
para que los sacara del agua, tiraba de la cola de la marmota escondida
en su cueva y protegía a los zorros de los cazadores. Emerson lo
llamaba “el dios Pan”.
En él se aunaban la valoración de lo espiritual con un concepto
de la animalidad que la moderna civilización degradó luego.
“Encontré entonces en mí —y aun ahora lo hallo— un instinto que me
llevaba hacia una vida más alta o espiritual, según suele decirse, como
lo tiene la mayoría de los hombres, y otro instinto que me llevaba
hacia un nivel primitivo y salvaje; y guardo respeto por ambos.”
Amó tanto a la Naturaleza, se sentía tan feliz en su solitaria
comunión con ella, que recelaba de las ciudades y de la triste e
implacable destrucción que sus refinamientos y artificiosidades
operaban con la morada del hombre. Sospechaba ¡ya a mediados del
siglo pasado! que el hacha y la dinamita terminarían con los bosques.
Concord era apenas una aldea de menos de cinco mil habitantes,
en Massachusetts, Nueva Inglaterra, cuando Henry David Thoreau
(1817-1862) decidió establecerse en el bosque, junto a la laguna
llamada Walden, construir su pequeña cabaña y vivir apartado del
trato social durante un tiempo. La experiencia le llevó algo más de dos
años, entre 1845 y 1847. De sus apuntes surgió esta obra que es
mezcla de diario íntimo de aventurero, apunte de naturalista y
borrador de filósofo. Rústica, rugosa y heterogénea como los troncos
que usó para su vivienda, Walden, o la vida en los bosques, publicada
en 1854, fue una de las dos grandes obras de Thoreau (la otra fue
Desobediencia civil) y bastó para cimentarle un lugar fundador en la
literatura norteamericana del siglo XIX.
El bosque en el que se instaló junto a la laguna no distaba más de
un par de kilómetros de la aldea, y aunque no todos podríamos vivir
solos y hacer nuestra cabaña en un lugar así, lo cierto es que el gesto
de Thoreau no puede considerarse épico ni heroico. Sin embargo, su
breve apartamiento de la sociedad “normal” lo sobrevivió, y hoy sigue
comentándose, traduciéndose e influyendo en hombres de talla más
heroica, como sucedió en su momento con Gandhi y con Luther King.
Haciendo honor al nombre del único grupo de intelectuales con el que
Thoreau mantuvo contacto prolongado —el del trascendentalismo
norteamericano de la primera mitad del siglo XIX—, el acto que llevó
a cabo fue, por su perduración y sus repercusiones, el más
trascendental de esa escuela. ¿Cómo se explica esta eficacia de un
individuo aislado y de su decisión, en apariencia trivial, de vivir un
tiempo separado de los demás?
Thoreau tuvo a su lado un genio que lo comprendió, estimuló y
patrocinó (Emerson), el grupo de sus amigos trascendentalistas que
eran sus interlocutores válidos y los receptores directos de su mensaje,
y una nación en sazón para escucharlo, reproducirlo y potenciarlo: los
pujantes Estados Unidos de entonces, no imperialistas todavía,
símbolo de la independencia y la creatividad del Nuevo Mundo y de
un nuevo experimento social auspicioso para la humanidad.
Un lenguaje íntimo —el del corazón del solitario—, un lenguaje
privado —el del grupo que lo rodea y lo apoya— y un lenguaje
público —el de una sociedad atenta al cambio, esperándolo—
confluyen para hacer de Walden, o la vida en los bosques mucho más
que la crónica minuciosa de un naturalista sobre su entorno vegetal y
animal, o el registro por momentos fastidioso del acontecer cotidiano
(gastos, actividades, vecinos) propio de un libro de memorias.
Thoreau sabía que él era un ser único y que contar su vida diaria no
era un menester doméstico. Sabía también que los demás hombres y
mujeres no eran menos únicos, y su obra es un manifiesto entusiasta
para instarlos a que se dieran cuenta de ello. “Mírame —parece
decirnos—, esto que yo hice no lo hice por ser Henry David Thoreau,sino por ser un miembro de la especie humana. Tú puedes. Este es elcuaderno de bitácora de mi experimento. Tómalo corno una guía útil.”Lo definitivo, lo inigualable de Thoreau es que con él nace en elmundo un nuevo tipo de hombre culto, a punto tal que la propiapalabra “cultura” cambia con él de sentido. ¡Fuera las hipocresías ymojigaterías de la vida ¡Fuera las frases de moda, la etiqueta, laelegancia, la falsa cortesía! ¡Fuera todo aquello que en nombre del quédirán nos tergiversa y distorsiona!7Henry David Thoreau‘Visto desde la cumbre de nuestra decadencia —dijo de él HenryMiller—, casi nos parece un antiguo romano. La palabra virtudrecobra su significado cuando se la asocia a su nombre… Abriendo losojos, descubrió que la vida proporciona todo lo necesario para la paz yla felicidad del hombre; solamente hace falta usar lo que tenemos alalcance de la mano.El poema de la creación es perenne, había dicho Thoreau, peropocos son los oídos que lo escuchan.—Leandro Wolfson

http://webs.uvigo.es/consumoetico/textos/walden.pdf

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